LIUVAN HERRERA

LIUVAN HERRERA CARPIO

Fomento, Sancti-Spiritus, Cuba (1981). Reside en Riobamba, Ecuador, desde 2012. Poeta, investigador literario, crítico, editor y profesor universitario. Licenciado en Letras por la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas y Máster en Cultura Latinoamericana. Actualmente es docente en la Universidad Nacional de Chimborazo. En poesía, ha publicado los libros Entre dos cristos (2005) Animales difuntos (2006); Discurso del hambre mientras se marchitan dos ciudades (2009); Muertos breves, (2011); Flashes (2011); La calle de Rimbaud (2013). El árbol en la cumbre (2014); 15 de un golpe, instantánea de poesía cubana (2015); Once jóvenes poetas cubanos, (2017). Poetas del tiempo. Antología poética del Primer Encuentro Internacional de Poetas (2017); Lenguas de marabú. Poesía cubana del siglo XXI (2018). Algunos de sus libros en ensayo y crítica, son: La sencilla palabra. Franciscanismo poético en la obra de Dulce María Loynaz, (2012); Diez punzadas. Ensayos y recensiones, (2015). Poesía cubana: el margen como centro (2017).

También ha sido prolífico en la publicación de artículos y reseñas literarias. Igualmente, posee un importante trabajo como editor y corrector, en textos como Tiempo de siega de Sergio García (2010), Profanación de una intimidad, de Ileana Álvarez (2012). Entre muchos otros textos de igual importancia. Ha sido galardonado con los siguientes reconocimientos:  premio nacional de reseña literaria Alma Ilustrada (2008); premio nacional de poesía América Bobia (2008), premio nacional de Reseña Crítica Segur (2009); premio nacional de poesía Eliseo Diego (2011); mención premio de Ensayo 45 años con El Caimán Barbudo (2011); premio al mejor Ensayo de la revista cultural Matanzas (2012); premio de ensayo Eliseo Diego (2012); premio de ensayo Pinos Nuevos (2012); premio de ensayo de la Editorial El Mar y la Montaña (2012).

NEGACIÓN DE LA OFELIA

A falta de rubí en los labios
encuentra un roído maquillaje
en el fango detenido.
Su ojo made in Bulgaria, años 80
aún no se sumerge,
como si en el éxtasis que supone la
desnudez ante la cámara
se salvara de naufragar
en el cauce de fin de siglo,
donde la niñez se taja
con el filo de la bandera.
No te deshagas de tus
antiguos trofeos.
Mírala allí, en su Volga imaginario
confinada a la democracia
del estiércol, donde frascos de
leche amarga,
uñas moldeadas por el acrílico
y lápices de ordinario diamante,
navegan sin distinción en el
agua mortuoria.
En un giro perdió
las piernas, que dan al
brazo emergido
el poder del signo:
gesto de ahogada feliz,
sin guinga ni sombrero.
Si la comparara con el cadáver
de una mujer de sexo
no conservara quizá la postura
del ojo cerrado por la vergüenza.
Cierto es:
creer en el Volga como único
espejo donde mirarnos
hizo de nosotros cuerpos vacilantes
de la mudanza.
Sin embargo, aún desconfiamos
del falso rubí en el ojo glamoroso de la
barbie, made in China.



CRUCE DE LA TROCHA

             
                                                                                    Para Maylan y Karel


De los 68 torreones
erigidos hacia 1870
sólo uno resiste todavía
el peso de la luz.
Los poetas de Matanzas,
hastiados de la vida
que va hacia el mar
que es el morir—;
decidieron acompañarnos
a la milla restaurada
para que el francés o el húngaro
degusten su gaseosa frente
a la mercancía de la historia.
Donde una vez Máximo Gómez
zanjó el vientre de su caballo
en la alambrada española,
ahora podemos notar
la lengua del marabú
fijando su gobierno.
Al subir por la roída escalera
fingimos ya dentro observar
la batalla, soportando
el hedor de un excremento
humano, que a tres metros
de altura hacía más creíble
la escena.
Si la punzada del miedo
mojó las bragas de
algún español centurias atrás,
en el acto de vaciar el cuerpo
sobre su último cuartel
trazamos la respuesta
del orgullo nacional.
La veladora nos cuenta
más tarde: varios campesinos
de la zona han convertido
los fortines en corrales para
cerdos.
Al marcharnos,
no quisieron volver el rostro los poetas
de una ciudad nombrada Matanzas.