GUSTAVO COLORADO GRISALES

GUSTAVO COLORADO GRISALES

Escritor colombiano. Estudio economía política Universidad Libre. Cuenta con un diplomado en investigación educativa de la Universidad Católica. Es director del Área Cultural de Comfamiliar Risaralda. Entre sus variadas publicaciones se encuentran: El último verano de Tony Manero (1992); Rituales (1993); Un altar para la desmemoria (1995) Rosas para rubias de Neón (1997); Poesía colombiana del siglo xx, Antología; Crónicas del diablo (2014). Además, ha participado como coordinador en la publicación varios libros entre los cuales están: Con la ciudad en la piel, Pereira hoy vista por los jóvenes calasancios. Crónica, (1996); Por el bulevar de los sueños rotos, crónicas   escritas por los habitantes de 12 barrios afectados por el terremoto de 1999, (2000). También ha escrito artículos en periódicos y revistas como: suplemento cultural Las Artes, Diario del Otún (1990-1998), suplemento Cultural Diario La Tarde, suplemento literario Periódico El Colombiano, Medellín. Ha sido galardonado con varios premios de periodismo como el VIII Premio regional de periodismo Hernán Castaño Hincapié, modalidad crónica (2007), también recibió, como mejor columnista de opinión, el premio nacional de periodismo Semana Petrobras (2011).

CANTATA

Urgido por la pena

un  grillo eleva a medianoche

su oración a los rocosos dioses del silencio.

Unos pasos más allá

detrás de la ventana roída por insectos invisibles

el viejo profesor de música acomete por enésima vez

la cuesta más ardua del Concierto para violín de Mendelssohn.

Una gata en celo implora desde el tejado

algún consuelo para su vientre.

Y luego todo calla

toma aire

Manos de viento

hurgan en las concavidades de lo  oscuro

antes de  emprender una vez más

la vieja cantata.

 

ALTARES

En la casa del sol ardían las flores

y crepitaban los huesos

de la bestia inmolada al último de los dioses.

Dedos ciegos

                                                                         zurcían las horas

los  minutos

los segundos.

Y el último hombre exhalaba

su aliento de cardamomo sobre las piedras

antes de  abandonarse

al descanso eterno.