FRANCOIS ROY

FRANÇOISE ROY

Poeta, traductora y narradora, Françoise Roy nació en Québec, Canadá, y vive en Guadalajara, México, desde 1992. Maestra en Geografía con Diplomado en Estudios Hispánicos y Diplomado en Traducción, ha publicado doce poemarios, además de tres plaquetas de poesía, un libro de cuentos y cuatro novelas, en francés y español. Ha ganado, entre otros, el Premio Nacional de Traducción Literaria en Poesía (INBA, México D.F., 1997), el Premio Jacqueline Déry-Mochon de novela (Québec, 2006), el Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal (Sonora, México, 2007) y los Premios Internacionales de Poesía Ditët e Naimit (Macedonia, 2008) y Poetry Nights of Curtea de Arges (Rumania, 2011). Ha sido invitada a festivales de poesía en Canadá, México, Macedonia, El Salvador, Nicaragua, Colombia, Rumania, Francia, Marruecos, China e India. Ha traducido más de sesenta libros.

Rito mortuorio

Bajo la seda de su mortaja, papá yace con una viuda.

Las nubes resplandecen azules contra el cielo blanco.

La colmena hormiguea de corazones aplastados:

la madrastra prepara feliz sus menjunjes.

La antigua familia —papá, mamá y las dos hijas—

ya no sirve para nada.

Bajo la seda de su mortaja,

                      papá y la viuda yacen

               como dos papalotes en tierra.

 

El cuerpo del delito

Soy testigo de descargo, pero me traen amordazada

                               al banquillo de los acusados.

Ella pone su guantelete de señora delante del juez de instrucción.

Con los cargos imputados, ella echa a andar las nebulosas

que en su traslación alrededor de la Tierra inmóvil

sueltan un torbellino de vientos estelares.

(Galileo se equivocó, la Biblia es la que tiene razón:

                             ¿no dicen acaso las Escrituras

que Josué el profeta ordenó al Sol detenerse,

                             y que éste se detuvo, igual que la Luna?)

Las nebulosas, decía yo en el primer verso de mi estrofa,

                          cruzaron el cielorraso del tribunal

—cielo: flor y nata, según los astrónomos, de la Creación—.

Dios ama las estrellas mucho más que a los seres humanos,

y en rigor, poco le importa la verdad,

                                         quién gane o pierda el juicio:

para no aburrirse Él crea planetas, constelaciones,

                        galaxias y hoyos negros, y luego los olvida.)

Por la claraboya de la corte (pupila en el muro),

quien no pudo entrar a la sala de audiencias

ve las nubes, felices, cabalgar el azul del plafón

con sus cabellos de algodón enmarañados.

Yo misma soy el cuerpo del delito:

el aire sopla suave del ujier a la esposada

                                                 (es decir, yo)

mientras ella, pedrosa, recoge su abanico.