ELEONORA FINKELSTEIN

ELEONORA FINKELSTEIN

Mar del Plata, Argentina (1960) Desde 1991 reside en Santiago de Chile, donde se desempeña como editora y directora de RIL editores. Es fundadora y directora de Ærea: Revista Hispanoamericana de Poesía. Ha publicado los libros Hamlet y otros poemas / Hamlet and other poems (1997), Las naves (2000), Delitos menores (2004 y 2016), Todo se transforma (2017), Grandes inventos (2018) y Partes del juego (2018). Es autora, además, de numerosos artículos y traducciones. Ha sido parcialmente traducida al inglés, francés e italiano. Actualmente se encuentran en preparación las ediciones bilingües de Delitos Menores y Todo se transforma, en inglés e italiano respectivamente.

EL ÁNGEL

Se vestía de blanco (tenía

cierta fijación—más bien rústica—

por la metáfora).

«Todo ángel es terrible», decía

y cerraba el negocio.

Las mujeres entornaban los ojos

para entender mejor.

Pobres, un poco feas, frágiles

de las que se cambian el nombre

por Rosemary o Jacqueline,

y coleccionan muñecas.

Yo era una tipa fuerte

y andaba con él,

habría sido una puta perfecta

pero iba a la universidad.

Tampoco me pidan que sea un ángel.

El cuento es que volaba,

volaba porque ese verso

—«Todo ángel es terrible»—

era su retrato fiel.

El mensajero del Oriente,

de la aspirina y el bicarbonato,

pensaba yo, y volaba también

mientras en la vereda

todo sucedía con naturalidad:

«este soy yo y esto es lo que hago».

Canturreaba: «te ofrezco lo mejor de mí…».

¿Estaba suficientemente alerta?

¿Miraba cuando el ángel volteaba

los espejos para la degustación?

¿Entendía tanta mirada oblicua

si la cosa se ponía caliente de verdad?

Asuntos de un oficio terrible, me decía,

de la ira de Dios.

¿A qué temer? Después de todo, chica

no hay nada que te mate dos veces.

Debería contar esto alguna vez.

Pero contarlo mejor, contarlo bien.

Porque sé que es algo que nadie

buscaría recordar jamás.

Porque sé que todo ángel es terrible.

Y yo no soy un ángel.

 

 

DELITOS MENORES

Los recuerdo perfectamente bien.

Con nombres y apellidos.

Robaban y venían a mí como a una diosa

con las mochilas llenas de cosas inútiles:

felpudos que decían Welcome

pero se ataban a los muros con cadena.

Faroles como animales eléctricos

a la intemperie.

Enanos de yeso y toda esa porquería

de «somos una familia feliz».

«No pasarán»,

rayábamos en la entrada de nuestras casas

y reíamos encantados, convencidos de algo.

No sé bien de qué.

Dicen que la verdad limita con la mentira.

Dicen que igual hace lo suyo mientras puede.

Por mi parte, miraba al cielo y languidecía,

pensaba en la inteligencia que

—aunque no se notara a simple vista—

contenía en sí mismo todo aquello.