BETSIMAR SEPÚLVEDA

BETSIMAR SEPÚLVEDA

Venezuela. Poeta, cronista y fotógrafa. Imparte los talleres de apreciación y creación poética de Comfandi y Promédico en Cali. Dirige el espacio Poesía en la esquina, del teatro Esquina Latina, de Cali. Tiene cuatro libros publicados y parte de su obra aparece en distintas antologías editadas en Colombia, Perú, Venezuela y España. Ha sido parcialmente traducida al inglés, francés, portugués, árabe e italiano.

CINCO POEMAS PARA LA MAJA DESNUDA

Borges conoció la condescendencia

en una caricia sobre el lomo arqueado de Beppo

el gato más “remoto que el Ganges o el poniente”.

Stravinsky hizo de la música un pájaro de fuego

para los jardines encantados de Arcadia, su gata egea.

Pierre Bonnard descubrió en el lienzo

que el misterio apacible de la melancolía

tenía forma felina, la sinuosidad erótica de la luz.

Sentada en el filo del balcón está Fermina

espera en cada atardecer la reverencia del sol

que mansamente se diluye

entre las hendijas de sus pupilas amarillas.

Como Fermina, deseo no temer a la caída

como mi gata, tendré que alimentarme

de los abismos y la arrogancia de cada corazón

de pájaro devorado.

Pero más aturdido me pregunto ¿qué buscan los ciegos en el cielo?

Baudelaire

 

 

ARTE POÉTICA

Dibujar ventanas en la niebla

para que la palabra entre como graznido, saeta o espasmo.

Hacerla mía, puñal y fin de la herida.

Prescindir de mis brazos cansados, de mis piernas,

acaso mi sexo, mi nombre

mi perversión y mi fe.

Apilarlo todo en el sustrato del lenguaje

hasta ver cómo gotea el poema.

Esperar, insistir… respirar

dejarse atravesar, doler… respirar

crepitar, pujar, pronunciar… respirar

Sostenerse en su fuego, ser la flama y la ceniza

el barco y la tormenta.

Hallarse en el poema y amarrarse a la fugacidad aterida de los astros

que van rasgando toda tiniebla y todo desierto.

Amar el cráneo y la flor de los gigantes vencidos

que se ahondan generosos en la tierra

para darnos sus abismos después de la media noche.

Por fortuna, siempre es después de la media noche

Y nadie vigila los muertos.

Y cuando los cuervos me lleven a la noche de piedra

no temeré entrar como ciervo indefenso

porque seré en el poema

la chispa negada en la pupila de los ciegos

cuyas frentes nunca veremos inclinadas.